Discurso que acompaña el Acto Cívico de marzo: El cuidado del agua y los océanos
Por el Profesor Alberto Torres
Este artículo surge a partir del acto cívico realizado el 20 de marzo de 2026 en el Instituto México Secundaria, enfocado en el cuidado del agua y la contaminación del medio ambiente. El discurso presentado invita a reflexionar sobre el impacto humano en los océanos, la biodiversidad marina y la importancia de fomentar una conciencia ambiental en estudiantes y comunidad educativa.
Si observáramos nuestro mundo desde el espacio, veríamos una esfera de un azul profundo. No es una casualidad. El agua es el alma de nuestro planeta; es el hilo invisible que conecta la montaña más alta con el abismo marino más profundo.
A veces olvidamos que el agua no es solo algo que sale de una llave o que compramos en una botella. Los cuerpos de agua —océanos, ríos, lagos y humedales— son el sistema circulatorio de la Tierra. Para nosotros, los seres humanos, el agua lo es todo: regula el clima que permite que nuestras cosechas crezcan, nos brinda el oxígeno que respiramos (gracias al fitoplancton marino) y es el pilar de nuestra salud y nuestro futuro.
Bajo la superficie de nuestras costas y en el fondo de nuestros ríos, habita una biodiversidad asombrosa. Desde las ballenas que recorren miles de kilómetros hasta los diminutos corales que construyen ciudades submarinas, cada ser vivo cumple una función vital para el equilibrio ecológico. Cuando dañamos el agua, no solo estamos ensuciando un paisaje; estamos destruyendo la casa de millones de especies y, a largo plazo, estamos comprometiendo nuestra propia supervivencia.
Lamentablemente, nuestra sed de energía y consumo ha puesto en jaque estos ecosistemas. Los derrames petroleros son, quizás, una de las cicatrices más dolorosas que le hemos causado al mar. No es solo «agua sucia»; es una marea viscosa y tóxica que asfixia todo a su paso. El petróleo se adhiere a las plumas de las aves impidiéndoles volar, sella las branquias de los peces y envenena las raíces de los manglares que nos protegen de las tormentas.
A esto se suman los gasoductos que atraviesan nuestros lechos marinos y reservas naturales. Aunque se presenten como progreso, su construcción fragmenta hábitats y siempre conlleva el riesgo de fugas que alteran la química del agua y ahuyentan a la fauna local. Estamos jugando a los dados con un ecosistema que tardó millones de años en perfeccionarse.
Si el petróleo envenena, la pesca indiscriminada vacía. No se trata de la pesca de subsistencia que alimenta a comunidades locales, sino de la explotación industrial que utiliza redes kilométricas que arrasan con todo, sin importar si son especies en peligro, tortugas o delfines. Estamos extrayendo vida del mar a una velocidad mucho mayor de la que la naturaleza puede regenerar. Un océano sin peces es un océano muerto, y un océano muerto significa un planeta sin futuro.
Compañeras, compañeros:
El número artístico que acompaña mis palabras no es solo una coreografía; es un grito de auxilio. Veremos a través del talento de nuestros compañeros cómo la fauna marina lucha por sobrevivir bajo el peso del petróleo y la negligencia humana. Que cada movimiento y cada gesto nos recuerde que esos animales no tienen voz para protestar, pero nosotros sí.
No basta con sentir tristeza. Necesitamos voluntad. Voluntad para exigir políticas más estrictas contra la contaminación, voluntad para reducir nuestro consumo de plásticos y combustibles fósiles, y voluntad para ser la generación que finalmente firme la paz con la naturaleza.
Cuidar el agua es cuidar la vida. Hagamos que ese azul de nuestro planeta vuelva a brillar con fuerza, sin manchas de petróleo, sin redes que asfixien y con la esperanza de que aún estamos a tiempo de cambiar el final de esta historia.
«Dame, Señor, la fuerza del mar, que hace de cada retroceso un nuevo punto de partida»
Voz: Bruno Galindo